Vestir alemán

Alemania es campeona del mundo. Con la generación de los Kroos, Götze, Müller, Özil o Neuer revive la leyenda de la Alemania potente, la Alemania que asusta, el equipo blindado con capas de acero y wolframio y la camiseta que pesa y que gana partidos casi simplemente saltando al césped.

La Mannschaft llegó al Mundial de Francia en 1998 apuntando hacia un ocaso evidente e inevitable. Con un seleccionado con la veteranía como denominador común, la virtud de la experiencia acabó convirtiéndose en el vicio de la apatía y la pesadez de piernas. Era el equipo de Lottar Matthäus, Andy Köpke, Jürghen Kohler, Thomas Helmer, Andy Möller y Jürgen Klinsmann, todos ellos ilustres campeones de Europa en el 96 con notable exceso de kilometraje en sus marcadores. La rígida y tradicionalista selección alemana del 98, dirigida por el no menos tradicional Berti Vogts, acabó sucumbiendo en Gerland en cuartos de final ante una joven y arrolladora selección croata (3-0), revelación de aquel torneo. Fue el gran aviso de que el modelo presentaba ya síntomas de caducidad y de que urgía una profunda remodelación del sistema futbolístico germano. Euro 2000. Dos años más tarde, ante el inmovilismo alemán, el petardazo era ya un hecho. Alemania no pasaba de primera fase.
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Apremiada por su inmediata condición de anfitriona del torneo de 2006, Alemania empezó a dar muestra de cambio y mejoría en el torneo asiático del año 2002. Contra la mayoría de los pronósticos, el equipo de Oliver Khan (mejor jugador de aquel Mundial), Michael Ballack, Miroslav Klose, Bernd Schneider o Torsten Frings, con un plantel de perfil relativamente bajo, consiguió colarse en la final de Yokohama tras deshacerse por el camino de Paraguay, Estados Unidos y Corea del Sur, haciendo valer la eficacia de la simpleza del uno a cero durante todo el torneo. La final fue otro cantar. Brasil, con aquel Ronaldo estelar batiendo en duelo al sol al gigantesco Khan, se deshizo con relativa comodidad (0-2) del seleccionado de Rudi Völler. El proceso de transformación estaba servido.

La gran cita para Alemania llegaba con el Mundial organizado en casa. Debió de ser duro asumir que tal vez llegaba algo pronto, con el proceso de cambio bien iniciado pero aún en una fase intermedia y que cualquier resultado que implicase jugar la última semana del torneo tenía que ser considerado un éxito. La selección en la que ya empezaban a brillar Philipp Lahm, Bastian Schweinsteiger, Per Mertesacker o Lukas Podolski daba ya síntomas de inequívoco entusiasmo de la mano del técnico Jürgen Klinsmann, aquel al que muchos consideran como el gran artífice del giro argumental del guión germano.
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La Eurocopa de 2008 había dejado de manifiesto que Alemania ya era otra, un equpo capaz de pelear por los títulos. Con la salida del equipo de viejos pesos pesados como Lehmann, Frings, Ballack, Metzelder o Kurányi y la incorporación definitiva de Özil, Müller, Kroos, Khedira o Neuer el cambio generacional estaba servido. Los alemanes llegan a una cita mundialista con la sensación, por fin, de que el asalto al entorchado mundial es plausible. Solo la mejor España de la historia y el vuelo de Puyol sobre la empalizada germánica consigue frenar el avance teutón en la recordadísima semifinal de Durban (1-0). Pese a todo, la maquinaria ya estaba en marcha con Maracaná en el punto de mira y Belo Horizonte como estación para la sublimación de una propuesta. Veinticuatro años después de la final de Roma, Alemania volvería a dominar el planeta futbolístico gracias a una generación insuperable.

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