De Saul a Roberto

El primer gran partido liguero acogido por el Metropolitano tuvo el sabor de los Atlético de Madrid-Barça de principios del ciclo de Simeone. El conjunto rojiblanco adoptó una pose de marcado carácter conservador y se preocupó más de que Messi no estuviera cómodo que de potenciar sus propios recursos ofensivos, mientras que el equipo azulgrana, abocado a su auto-mandato de llevar la iniciativa, se estrelló sin apenas éxito ni ilusión con el sobrecargado muro que le separaba de la meta de Oblak. Es decir, tras enfrentamientos mucho más mixtos entre ambos, por decisión del Cholo, se volvió al origen.
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El planteamiento de Diego Pablo albergaba sentido porque, al menos de manera pasajera, el Barcelona ha perdido en una enorme medida aquello que le distinguió durante los últimos tres cursos: una capacidad de desequilibrio innata y única en su tridente ofensivo. Los de Ernesto Valverde poseen muy pocas herramientas que creen ventajas por sí mismas; el desborde, el regate y la superioridad física de su delantera se han reducido de la MSN a Messi -que está espectacular- a la espera de que Luis Suárez recobre un tono más ajustado al suyo. Por eso, aunque el Atlético de Madrid se encuentre a años luz de las prestaciones defensivas que una vez exhibió, no parecía utópico inferir que Oblak, con un poco de ayuda, pudiera resistir 90 minutos de ataque culé. De paso, así, recuperaría sensaciones competitivas.

En el primer tiempo, Simeone obtuvo lo que buscó. La posesión de balón del Barça resultaba de fluidez insuficiente para desarmar un repliegue demasiado poblado y el único arma desequilibrante de estos, Messi, sufría hasta tres o cuatro ayudas defensivas cada vez que realizaba un regate. En particular el central Godín completó un partido de notable, siendo uno de los cimientos sobre los que el Atlético construyó su estrategia. Su único padecimiento real se producía tras robos adelantados de Busquets que permitían a Leo acelerar en transición justo cuando el Atlético se estaba desplegando para correr. Lo demás estaba controlado.
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En parte, debido a Saúl Ñíguez. Situado como pivote izquierdo -custodiando, por tanto, la zona en la que se juntaban los tres delanteros del Barça (Messi incluido)-, cuajó una actuación sobresaliente en el quite y la gestión de las ayudas, proporcionando un plus de energía (velocidad, fuerza, actividad) que dio vida a un sistema que no va sobrado de exuberancia en esos ámbitos. Además, le sobró fuelle para descolgarse en presiones muy seleccionadas que tuvieron un gran impacto, pues precisamente por lo bien que eligió el Atlético cuándo ir a morder, las veces que lo hizo le reportaron robos adelantados que se convirtieron en peligro. Ter Stegen, aunque durante el segundo periodo no compareciera, fue uno de los hombres más resolutivos de la noche. De hecho, bastante más que un Oblak que, pese a ver la pelota mucho más de cerca durante mucho más tiempo, se topó con menos trabajo del comprometido.

Otro punto importante para el transcurrir del primer tiempo derivó del peso que tuvo Yannick Carrasco en el plan original de Valverde. El entrenador azulgrana mostró un gran respeto hacia las conducciones del extremo belga. No sólo Semedo, sino también Rakitic fijaron su posición en función de Carrasco para estar cerca de él cuando pudiera desenrollar su zancada.